El hombre que anuló a Diego… sin palos

Diego y el marcador rojillo.

Era pronto, era demasiado pronto. Aquel 15 de enero de 1984 en Pamplona, nuestro Maradona solo cumplía el segundo partido tras superar la peor lesión de su carrera, la célebre fractura del maléolo producida por Goikoetxea. Había acortado los plazos de forma encomiable para retornar, pero lógicamente le faltaba ritmo.

El Barça de Menotti intentaba recobrar el pulso de la mano de la recuperación de su crack. No estaba tan lejos del líder, precisamente el Athletic de Goiko, solo tres puntos por delante en la era en que las victorias daban dos. Se acababa de inaugurar la segunda parte del campeonato, quedaba media Liga, pero era importante que Diego Armando jugara ya.

Sin embargo, aquella fría tarde de domingo supuso un paso atrás. Los culés visitaban a Osasuna, modesto que sin embargo les había batido en sus anteriores tres duelos en su campo de El Sadar. El Barça volvió a caer allí con estrépito (4-2, 3-0 en el minuto 20). Y, a pesar de que marcó los dos goles blaugranas (ambos de penalti), el astro argentino no brilló lo más mínimo. Sufrió un marcaje histórico por parte del anónimo Javier Castañeda. Salvo para disparar desde los once metros, Diego apenas tocó su querido balón.

Los dos protagonistas. Foto: es.slideshare.net

El central madrileño Castañeda, canterano merengue, llevaba en Osasuna desde 1980, y gobernaría la defensa rojilla hasta 1991, estableciéndose por entonces como osasunista con más partidos en Primera (348). Pero aquella fue su gran tarde de gloria individual, además con una deportividad exquisita.

Castañeda no cometió ninguna salvajada como Goikoetxea. Tampoco aplicó sobre el ‘10’ una sucesión impune de faltas, como cuando el marcaje de Gentile en España ’82. Ni le persiguió por los cuatro puntos cardinales, como el peruano Reyna haría en 1985. Simplemente, le ganó todos los duelos al crack, y sin violencia alguna.

Aunque partía en desventaja (le faltaba mucho entrenamiento tras la dolencia), Maradona lo destacaría siempre como uno de los mejores y más nobles marcajes que jamás sufrió. Al final del encuentro, aplaudió al rojillo: “Me ha ganado limpiamente la partida”.

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Guantes al cielo en Florencia

Así lo recogieron las cámaras de la RAI.

Una ola de frío polar sacudía Europa tal día como hoy en 1985, cuando el necesitado Napoli 84-85 visitó la bella Florencia para cerrar la primera vuelta de la Serie A de aquella campaña, la primera del ‘Pibe de Oro’ en Italia.

Ninguno de los equipos estaba respondiendo a las expectativas: los partenopeos tenían al mejor, pero habían descubierto que con eso no bastaba, y acababan de dejar el puntaje de puestos de descenso (pero seguían abajo, claro). Y los morados de la Fiorentina, a media tabla, habían fichado a Sócrates, demasiado brasileño para el catenaccio.

El entrenador napolitano Rino Marchesi había estado al borde de la destitución, pero en el primer choque de 1985 sus muchachos ganaron 4-3 en el vibrante duelo contra el Udinese, disputado en un San Paolo hecho un verdadero pantano. En el Comunale de Florencia esperaba otra cosa, tampoco fácil: nieve detrás de las porterías y terreno de juego parcialmente congelado, que se fue convirtiendo en un extraño y duro barrizal por la acción de los 22 pares de botas.

El Napoli vistió por primera vez en la era Maradona una segunda equipación que se haría mítica: camiseta blanca y pantalón azul más oscuro de lo habitual en el uniforme titular. Bien que luciría el ‘10’ los nuevos colores en la sentida celebración de su gol, el único del choque: fue apoteósica, pues sabía de su importancia en el contexto del encuentro y del campeonato. Su rabiosa y exultante carrera de festejo, sus puños enguantados al cielo mientras esperaba a los compañeros de rodillas, lo dicen todo.

Iniciando celebración tras el latigazo.

Los jugadores lucharon sobre todo por mantenerse en pie en este extraño encuentro marcado por las condiciones del campo. Pero en el minuto 49, el dardo: Bertoni envía en largo para el ‘10’, que la baja con el pecho en la corona del área, se interna un poco en el cuadrilátero –algo escorado- y, nada más botar el cuero en el suelo, lanza un venenoso zurdazo al palo contrario, que supera la línea gracias también al pequeño resbalón del meta Galli.

Victoria a domicilio, la primera de la temporada. Desde aquí, el Napoli de este y los próximos años no haría otra cosa que crecer. Había sido el primer peldaño de la escalera hacia el cielo.

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Tacconi vs. Maradona

265 porteros sintieron los nervios de tener a Maradona delante. Y, si en otra ocasión vimos que el argentino Vivalda fue el más goleado por el ‘10’ (le marcó ocho goles en solo siete partidos), otra clasificación se fija en los arqueros que más veces notaron el vértigo de tener que frenar las invenciones del mejor de todos los tiempos.

Solo siete guardametas se enfrentaron a Diego Armando en 10 o más ocasiones, siempre en choques de competición oficial. Son seis italianos y un argentino, curiosamente Nery Pumpido (10 veces exactas), el que llevaba los guantes cuando el título global de México ’86. Y el número uno de este ranking es un ‘grande’ en Italia: Stefano Tacconi, guardameta de la Juventus durante la era maradoniana en el Napoli.

El histriónico Tacconi se midió contra Maradona en 14 oportunidades sobre el césped (y alguna más en forma de dardos cruzados vía prensa). Sus duelos incluso gestuales contra el ‘Pibe de Oro’ resultaron igualmente antológicos. Esos 14 encuentros se dividen así: 11 de Serie A, 2 de Copa de la UEFA y otro en la victoriosa Supercoppa italiana 90-91.

Aunque contra él ganó más que perdió, es cierto que el ‘Pelusa’ no batió directamente a Tacconi demasiado a menudo: le hizo cinco goles, dos de ellos de penalti y otros tantos de tiro libre. Pero, primero, lo importante es que triunfe el equipo, no quién enchufa a las redes. Y, segundo, a este guardameta le clavó Maradona el gol de falta más extraordinario nunca visto, también repasado aquí.

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Siete coronas de pistolero

Meteórica época de Argentinos Juniors. Foto: thesefootballtimes.co.

A tope, Diego Armando Maradona valía por dos (o más). Sobre todo en la primera mitad de su carrera, no solo generaba la mayor parte de caudal de juego de sus equipos, sino que también resolvía de cara a puerta. Cuando la chispa física le acompañó (esa aceleración incontrolable de sus mejores días), fue también uno de los mejores goleadores de su época.

Por todo esto, un hombre encargado más que nada de crear se las arregló para acumular siete coronas de pistolero mayor de otros tantos campeonatos oficiales.

Particularmente increíble en este aspecto fue su tramo de Argentinos Juniors entre 1978 y 1980. En esa época, la Primera División argentina incluía dos campeonatos consecutivos y sin relación, Metropolitano y Nacional. Y el ‘Pibe de Fiorito’ resultó máximo goleador de todos menos uno.

De esta manera, encabezó la tabla de cañoneros en los Metropolitanos de 1978 (22 dianas), 1979 (14) y 1980 (25), así como de los Nacionales de 1979 (12, empatado con Sergio Fortunato) y 1980 (18). Y el único torneo donde no fue el primero (Nacional ’78)… ¡solo pudo disputar cuatro partidos!, debido a sus compromisos con la Selección Juvenil…

Los otros dos títulos fueron de capocannoniere, porque los logró en su mejor campaña en el Napoli, al menos en lo individual: la 87-88. Resultó máximo goleador tanto de la racanísima Serie A italiana de la época (15 tantos en 28 encuentros) como de la Coppa Italia (6).

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Tobillo sano en 102 días

Maradona en su primer entreno con Menotti en el Camp Nou.

La noche del 24 de septiembre de 1983 fue aciaga para Maradona y para el Barça, el club que por entonces le pagaba. En el minuto 57 del duelo contra el Athletic de Bilbao, Goikoetxea realizó la famosa y salvaje entrada que le pudo costar la carrera al ‘10’. El divino tobillo izquierdo quedó hecho trizas tras una de las patadas más famosas de la historia: fractura del maléolo con arrancamiento de ligamentos y luxación.

Esa misma madrugada, el doctor culé González Adrio operó de urgencia y con éxito al crack. Y, más allá de la mediática indignación por el daño sufrido, empezó la tradicional carrera especulativa: ¿cuánto tiempo estaría de baja el fenómeno?, se calculó que tardaría hasta cinco meses. Y más importante aún: ¿su pierna mágica sería la misma a la vuelta?

El resultado, por suerte para todos –incluso Goikoetxea-, fue positivo en ambos casos. Diego Armando estrujó los plazos y retornó a los entrenamientos 102 días más tarde del hachazo, es decir, menos de tres meses y medio después de la agresión.

Fue tal día como hoy, el 4 de enero de 1984, en una práctica realizada en el mismo estadio barcelonista donde el héroe cayó. Ese día le esperaba ya el nuevo entrenador culé, su viejo amigo César Luis Menotti, sustituto del recién fulminado Udo Lattek. El 8 de enero ya jugaría su primer partido. Y, como veríamos a menudo más adelante, el pincel izquierdo no había perdido arte (solo un ejemplo: México ’86).

Hasta ese momento, el trayecto no careció de polémica. Diego hizo caso a su médico de confianza, el ex galeno de la Selección Rubén Oliva, partidario de que volviera a pisar con la extremidad herida cuanto antes. En cambio, los Servicios Médicos del Barça exigían muchísimo más tiempo de inmovilización. Ganó el argentino, y de hecho el ‘Pibe de Oro’ cumplió casi la mitad de su recuperación en su país, con los suyos, a su aire. Salió bien.

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Maradona en acción el 1 de enero

Aquel Diego-Briegel del 1 de enero. Foto: OldFootballPhotos

¿Un torneo oficial de selecciones el primer día del año? ¿Es posible? Pues sí, al menos hubo uno. Hace 39 años, el 1 de enero de 1981, Argentina debutó en la Copa de Oro (alias Mundialito), un fascinante minicampeonato puntual y de nivelazo disputado íntegramente en el estadio Centenario de Montevideo desde el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero del año siguiente. Y el calendario dictaba que ese día inaugural de 1981 midieran fuerzas Argentina y la República Federal de Alemania. Ganó la celeste y blanca del joven ‘Pelusa’ por 2-1.

A la FIFA se le había ocurrido una idea para celebrar el medio siglo de su primer Mundial, organizado en Uruguay a mediados de 1930. Para celebrarlo (y hacer caja), quiso reunir en el mismo escenario de la primera gran finalísima a todos los campeones planetarios que había entonces, que por orden cronológico eran justamente Uruguay, Italia, Alemania Federal, Brasil, Inglaterra y Argentina. Los ingleses no fueron –rara vez participan en la primera edición de algo-, y a cambio entraron los holandeses, últimos subcampeones planetarios.

El Mundialito tuvo su atractivo: era un título oficial sin precedentes ni aún sucesores, y quizá por la falta de fútbol en plenas vacaciones navideñas alcanzó bastante repercusión. Casi con calzador, la FIFA colocó el partido inaugural en el penúltimo día de 1980, para que cuadrara en el año del 50º aniversario, aunque todos los demás partidos sucedieron en 1981.

A Argentina le tocó un grupo con los germanos y Brasil; solo el primer clasificado pasaría a la finalísima. Y, aquel 1 de enero, se produjo el consabido choque estilístico entre los gauchos de Menotti, dominadores del esférico, y los briosos centroeuropeos, entregados al repliegue y la marca al hombre de los cerebros rivales. Aquí se dio el primer gran duelo Maradona-Briegel, que se repicaría en el futuro en la liga italiana.

La Albiceleste, que venía de una agotadora concentración de un mes preparando el torneo, empezó por detrás (gol del tanque Hrubesch). Pero insistió y remontó con dos tantos en los últimos minutos, goles de Kaltz en propia puerta y Ramón Díaz cerquita ya del pitido final. Diego no pudo destacar, con el gigantón y a la vez velocista Briegel encima, pero dejó algún gran detalle de clase. El clásico sudamericano del 4 de enero decidiría finalista…

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Primer mano a mano con la bestia ‘bianconera’

Maradona&Platini. Foto: superdeportivo.elonce.com

Aún en 1984, desde el nacimiento de la Serie A italiana (1929-30), la Juventus de Turín sumaba casi el doble de Scudettos (19) que su más inmediato perseguidor, el Inter (10). Ya por entonces era el rival a batir en la ‘Bota’, y era particularmente detestada en aquel Nápoles que acababa de fichar al mejor del mundo, precisamente con vistas a derrocarla.

Todavía era pronto. Aquel 23 de diciembre de 1984, hoy hace 35 años, el Napoli aún estaba comprendiendo que con el genio no bastaba: sufría para alejarse del pozo (12º de una tabla de 16 equipos, un punto por encima del descenso). Y la Juventus, vigente campeona de la liga, marchaba descolgada del líder, el Verona, pero tenía su mirada puesta en conquistar por fin la Copa de Europa.

Era en cualquier caso un bonito duelo de vísperas de Nochebuena para cerrar el año futbolístico 1984, cerca del final de la primera vuelta. El gran atractivo era el duelo entre los dos ‘10’ del mundo: nuestro Diego y el galo Platini, a punto de recibir su segundo Balón de Oro seguido. Pero el argentino no tuvo ni oportunidad: el esférico viajó de juventino a juventino, prácticamente no pudo hacer nada y su equipo cayó justamente por 2-0.

Pero no siempre sería así, ni mucho menos. Era solo la primera de las 15 veces que Maradona se mediría a la Juventus en partido oficial, con cinco goles del ‘Pibe de Fiorito’, incluido el mejor tiro libre nunca visto. Y colectivamente, le iría muy bien: ocho triunfos para el Napoli, tres empates y cuatro derrotas.

Las victorias incluyen vapuleos memorables, un par de elloss en el mismísimo feudo turinés (1-3 en la 86-87 del primer Scudetto, 3-5 en la 88-89); o la del último título italiano, el 5-1 de la Supercoppa 90-91 en San Paolo. Pero, sobre todo, Maradona significó la diferencia para que el conjunto sureño creyera que era verdad, que el monstruo podía ser decapitado. Ahí están para siempre los Scudettos partenopeos 86-87 y 89-90.

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El sorteo de la FIFA, «una farsa»

Linda imagen con la ‘maglia azzurra’. Foto: www.calciocasteddu.it.

Los dos últimos campeones del mundo de fútbol, Italia (1982) y Argentina (1986), se midieron en un potente amistoso disputado hoy hace 30 años en el estadio Sant’Elia de Cagliari, preciosa isla de Cerdeña. Nada menos que el organizador del Mundial ‘90, a meses vista de su estreno, contra el equipo del jugador que buscaba revalidar corona planetaria tras haber roto moldes cuatro años antes.

El partido en sí fue horrible. Un 0-0 repleto de prudencias, miedos, faltas y aburrimiento. En realidad, lo que dio que hablar (incluso durante las siguientes semanas) fue lo que salió por boca de Maradona nada más pisó territorio insular: que el sorteo de grupos del campeonato global, celebrado el 9 de diciembre en Roma, había sido “una farsa”.

“Ya estaba todo decidido, todo arreglado, todo cocinado”, se desmarcó el ‘Pibe de Oro’. “Lo único que nos faltaba es que nos pusieran en el mismo grupo con Italia. Nos tocó el grupo más difícil del campeonato, sin lugar a dudas”. Además de la propia Argentina, dicha liguilla incluía a Camerún y dos países de nivel pero en crisis política: la URSS (al borde de la disolución) y Rumanía (en plena convulsión tras el derrocamiento y fusilamiento del dictador Ceaucescu).

En cambio, al país organizador le había correspondido el grupo más fácil, según los críticos: Austria, Checoslovaquia y Estados Unidos. La FIFA estaría persiguiendo, según ellos, beneficiar precisamente a Italia. Casualidad o no, en el Mundial ’90 la Azzurra no se topó con alguien de su talla hasta la semifinal contra… ¡Argentina!

Pero eso es viajar mucho hacia el futuro. A la FIFA y a la propia federación italiana, las acusaciones maradonianas les sentaron como un tiro. El secretario general de la FIFA, que ya entonces era Joseph Blatter, dijo que Diego “debe de estar loco, o es idiota”. Insinuó que incluso podría ser sancionado sin Mundial. Por supuesto, nunca sucedió.

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Postales napolitanas en Sevilla

El ’10’ del Guadalquivir. Foto: radiohuancavilca.com.ec.

El mejor Maradona hispalense se vio entre diciembre de 1992 y febrero de 1993. Ya había tenido tiempo de rodarse al menos algo, después de haberse perdido la pretemporada sevillista y el inicio de la campaña oficial. Fue la consecuencia del complicado traspaso del sur de Italia al sur de España. Además, venía de 15 meses sin jugar fútbol de verdad debido a su sanción de 1991. Pero, en diciembre, empezaba a asomar.

Y, si hubo un día en que los hinchas nervionenses llegaron a creer que el ‘10’ podía repetir en Sevilla sus hazañas napolitanas, fue otro 19 de diciembre como hoy: el de hace 27 años, cuando el Real Madrid visitó el Sánchez-Pizjuán, en la 15ª jornada de la Liga 92-93. El correoso conjunto entrenado por Bilardo se salió ante el sempiterno favorito de la Liga, y con un Diego estelar.

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El ‘Pelusa’ no entro muchísimo en contacto con el balón, pero cada vez que lo hizo el pulso colectivo se aceleró de emoción: filtró pases sublimes, realizó algún control orientado magnífico, protagonizó arrancadas que hicieron recordar a sus anteriores versiones… hizo dibujarse el temor en las caras de los contrarios.

Se le hizo algo largo el final (aún le faltaba algo de gasolina), pero comandó a un gran Sevilla que ganó por 2-0, dejando gran imagen y afianzándose en la zona UEFA, a solo dos puntos de los madridistas. Según dijo al final el fuera de serie, «saqué fuerzas de los estúpidos que me dieron por enterrado».

Con altibajos, Maradona siguió a aceptable o buen nivel en las siguientes semanas, lo que pudo significar su ‘muerte de éxito’ en el club. Pronto, en la segunda mitad de febrero, la Selección dirigida por el ‘Coco’ Basile reclamó sus servicios para un par de compromisos en Argentina, muy próximos entre sí: amistoso contra Brasil y duelo contra Dinamarca por la Copa Artemio Franchi (precedente de la actual Confederaciones).

La directiva hispalense no le dejaba ausentarse para los dos partidos, pero el ‘Pelusa’ no quiso faltarle a la celeste y blanca, cuya camiseta no vestía desde casi tres años antes. Así que, junto a su compañero Simeone, protagonizó un doble viaje de ida y vuelta a su país, en contra de las órdenes de los superiores. La relación entre club y jugador empezó a quebrarse ahí, y entre eso y algunas lesiones y sanciones inoportunas, el ‘10’ se desenganchó de un proyecto que había llegado a resultar ilusionante.

Pero quedémonos con el mejor Diego Armando a orillas del Guadalquivir. ¡Dentro vídeo!:

Algunos pasajes de aquel partido, en ‘Fiebre Maldini’.

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Alerta máxima culé: ¡hepatitis!

Foto: goal.com.

La Liga española 82-83 había consumido 15 jornadas de las 34 que había que jugar. Y estaba muy apretada por la parte de arriba, pero el FC Barcelona y su gran fichaje, el más caro de la historia del fútbol –un tal Maradona-, se iban conociendo. El argentino parecía cada vez más adaptado a un fútbol más táctico, grupal y físico como el europeo, tarea que al principio le costó un poco. Y estaba dando sus primeras lecciones mágicas.

En el áspero duelo del Camp Nou contra la Real Sociedad (14ª fecha), el Barça se impuso 1-0 pero perdió a Diego, sustituido a falta de un minuto por duro esguince en el tobillo derecho. Por eso, faltó a la 15ª jornada, de nuevo en casa, cuando el Athletic de Bilbao ganó por 0-1 sin el ‘Pelusa’ delante. Pero ya parecía recuperado para el siguiente encuentro, cuando cayó la bomba…

La prensa deportiva, especialmente la catalana, se echaba las manos a la cabeza tal día como hoy, en 1982: ¡Maradona era baja por tiempo indefinido! Según habían dado a conocer los Servicios Médicos barcelonistas horas antes, se le había descubierto una hepatitis (*) en otro tipo de control médico. ¡El Barça podría zozobrar sin su recién adquirido buque insignia!

(*) Con los años, varias fuentes han terminado sacando a la luz que se trataba de una enfermedad venérea, camuflada desde el club para aminorar el presumible escándalo. Por ejemplo, así se asevera en el libro De puertas adentro, de Lluís Lainz, sobre secretos y anécdotas culés. O, más recientemente, en el documental FC Maradona, dirigido por Roberto Rodríguez, sobre la época blaugrana del ‘10’.

Hepatitis o no, el virus sacó de la circulación a Diego Armando dejó al equipo huérfano. Una escuadra que ya había sido atacada por la fatalidad en años anteriores, con contratiempos en jugadores estelares que, probablemente, habían sido clave en la pérdida de dos Ligas: secuestro del goleador Quini (80-81) y grave lesión de Schuster (81-82).

El astro se perdió tres meses de competición, que incluyeron 12 jornadas de Liga, la Supercopa de Europa (derrota contra el Aston Villa), y algún partido de Copa del Rey y Recopa de Europa. A su vuelta, el 12 de marzo de 1983 (Barça 1-1 Betis), el club acababa de echar al entrenador alemán Udo Lattek y había fichado a César Luis Menotti, mucho más amable para el ‘Pibe de Oro’.

El equipo estaba aún enganchado a la competición, pero al ‘10’ aún le faltaba fuelle. Lo recuperaría, pero no a tiempo de ganar aquella Liga.

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