Asistencia de videoteca

Por jugadas así, el ’10’ es leyenda en Nápoles. Foto: Sergio Tierno.

El ‘Pibe de Oro’ había echado un pulso a la directiva del Napoli en el verano de 1989, tratando de que le traspasaran, pero no lo logró. Sin embargo, la batalla significó que se reincorporó al plantel cuando la Serie A 89-90 ya había consumido cuatro jornadas. Tocaba ir haciendo ‘pretemporada’ con la competición en marcha. Su equipo iba líder pero, especialmente en cancha ajena, acumulaba más puntos que merecimientos.

Llegó así el partido disputado hoy hace 30 años (10-12-89), un duelo meridional en el que el Napoli visitó al Bari. Los del tacón de la ‘Bota’ italiana se adelantaron en el minuto 6, gol de Monelli, y fueron mejores. Solo decayeron un poco cuando se quedaron con uno menos a los 51 minutos. Y los celestes, a la desesperada, buscaban al menos el empate en los últimos minutos.

Entonces, en el 82, volvió a emerger ‘Él’. Sus compañeros sacaron rápido una falta, y Zola raseó hacia el pico del área, donde Maradona estaba de espaldas a puerta, con el rival Carbone encima: parecía una jugada de baloncesto, un pase al poste bajo. Y ahí, magia pura, solo en dos toques. Con el primero, el ‘10’ elevó la pelota que rodaba por el pasto; con el segundo, en sensacional chilena, centró hacia atrás.

Era un caramelo para Carnevale, poderoso cabeceador napolitano, que se tiró en plancha en el segundo palo para enchufarla con el cráneo sobre la línea de gol. El astro argentino le había teledirigido una de sus más plásticas asistencias. ¡Deléitense!:

Aquel fue el quinto 1-1 consecutivo cosechado por los partenopeos en sus salidas. Iban rascando empates pareciendo a menudo inferiores al adversario, pero que sumaron para conseguir el segundo Scudetto napolitano.

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El ‘10’ tiene heredero en casa

Sale el 10 de la tarde (Zola), entra Maradona. Foto: Forza Italian Football.

En la semana anterior al Napoli-Atalanta jugado hoy hace 30 años, los entrenamientos de Maradona se limitaron a tratamiento contra la lumbalgia. El ‘Pibe de Oro’ había vuelto a regañadientes (y tarde) a la disciplina partenopea, tras haber tratado de forzar su traspaso, sin éxito. Además, el Napoli era líder de aquella Serie A 89-90, pero defendía corona en la Copa de la UEFA, y tres días después le aguardaba una salida dificilísima a Bremen para tratar de remontar el 2-3 adverso de San Paolo.

Total, aquel domingo 3 de diciembre sucedió lo que no tantas veces antes: Diego pactó su suplencia con el entrenador, Albertino Bigon. En principio, si el partido liguero se ponía muy feo entraría en la segunda parte. El número 10 celeste sería para un desconocido sardo, un joven (pero no tan joven: 23 años) llamado Gianfranco Zola, fichado por los partenopeos meses antes procedente del anónimo Torres de Cerdeña (serie C1, Tercera División italiana…).

Zola le cayó simpático a Maradona desde el primer minuto. El crack le ‘adoptó’ y aconsejó sin reparos, facilitando el interestelar aterrizaje futbolístico del que estaba siendo protagonista el chaval. Por eso, el argentino fue el que más aplaudió la impresionante exhibición del isleño, en toda una presentación en sociedad.

El mediapunta, futuro mito del Calcio, fue el mejor de aquel triunfo ante el Atalanta (3-1), y coronó su actuación con un tercer tanto de bandera: quiebro en el área y derechazo con rosca a la escuadra contraria. En ‘míster’ Bigon quiso homenajear al hombre del partido, retirado entre vítores, y lo sustituyó por Maradona a 9 minutos del final. Es, de hecho, el encuentro oficial con menos minutos de acción disputado nunca por Diego.

La sonrisa del astro argentino lo decía todo cuando tomó el relevo de su amigo. Zola llevó el 10, jugó en posición de 10 y estuvo de 10, y después fue cambiado por el ‘10’. La prensa napolitana e italiana lo tenía fácil: no busquen más, ¡el nuevo Maradona ya está aquí, y curiosamente juega en el Napoli…!

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La ‘Testa de Dios’

El Napoli 88-89 quería olvidar como fuera la anterior temporada. Solo meses antes, un Scudetto que parecía hecho se esfumó, incluido motín en el vestuario contra el entrenador Ottavio Bianchi, lo que significó la exclusión de la plantilla de varios pesos pesados: el portero Garella, el defensa Ferrario, el medio Bagni y el delantero Giordano. El verdugo casi definitivo fue el novedoso Milan de Arrigo Sacchi, Gullit y Van Basten, que dio la puntilla a los azules imponiéndose por 2-3 a tres jornadas del final. El público napolitano terminó aplaudiendo al rival…

Solo meses después de aquello, la Serie A 88-89 disputaba su 7ª jornada (de 34), de nuevo en San Paolo, y allí estaba el Milan otra vez. Había que vencer a la bestia para enterrar aquel trauma. Además, comparecía en el Golfo napolitano un conjunto rossonero sin varios titulares.

Fue un partidazo de los partenopeos (4-1), más contundentes que brillantes. Pero hasta el borde del descanso perduraba el 0-0 inicial, roto con uno de los más extraordinarios goles que marcó jamás Maradona: un cabezazo desde fuera del área para resolver un mano a mano con el portero de una manera que solo se le podía ocurrir al fuera de serie.

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En torno al minuto 42 de acción, en apenas segundos sucedieron muchas cosas que tratamos de resumir. El napolitano Crippa se hace con el balón cerca de la línea de medios, pero no le presionan, mientras la tácticamente entrenadísima línea defensiva milanista, como un único organismo, se adelanta al unísono para tratar de que alguien caiga en fuera de juego. Calcula mal, y Maradona arranca desde tres cuartos de cancha, cruzándose con los lombardos, mientras el cuero bombeado por Crippa vuela hacia él.

¡Diego Armando corre absolutamente solo hacia el portero Galli, y la bola que cae hacia allí! Hasta ahora, medio normal. A partir de ahora, lo extraordinario. El guardameta también sale precipitadamente del área grande, a tratar de despejar, y la pelota bota entre el cancerbero y el ‘10’, con efecto hacia atrás.

Contemplar el esférico rotando junto a los rizos termina de darle la idea a Maradona: le pega con el alma de cabeza, desde unos 20 metros de distancia, y la parábola supera a Galli. El astro cae al suelo junto al arquero, y los dos (y sus compañeros, y las 85.000 personas del estadio) se deleitan con la imagen casi a cámara lenta de un balón que entra botando a la puerta desguarnecida. “He notado el silencio de San Paolo”, dice ‘D10s’. Calma rota por los vítores.

¡Dentro vídeo! (minuto 1:15):

Aquel 4-1, en ‘Fiebre Maldini’

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La paradoja de Ottavio Bianchi

Ottavio Bianchi. Foto: rivistalaroma.it.

Entrenador y estrella chocan a menudo, y más cuando hay personalidades fuertes de por medio: ¿alguien duda de que la de Maradona lo es?

El ‘10’ tuvo 20 técnicos en su larga carrera, incluso menos porque tres de ellos fueron meramente circunstanciales. Y con unos cuantos, el crack se enemistó alguna vez. Fue una pelea literal con Bilardo en el Sevilla; tuvo sus más y sus menos con Menotti en la Selección, sobre todo cuando le excluyó del Mundial ’78; qué decir de su gresca continua con el estricto Udo Lattek en el Barça; con Marzolini, en Boca, tampoco hubo feeling perfecto…

Pero, cada vez que a Diego le preguntan por el peor entrenador de su vida como futbolista, sobresale un nombre: Ottavio Bianchi, en el Napoli. En una entrevista para la revista argentina El Gráfico, en 2007, respondía concretamente esto del bresciano: “No sa­bía na­da y te­nía un equi­pa­zo. Era una co­sa la­men­ta­ble”.

El ‘míster’ bresciano, poco dado a la sonrisa y al halago fácil, en general no era muy querido por la volcánica plantilla partenopea. La paradoja es que, con Bianchi en el banquillo napolitano (1985-89), Maradona logró los mejores éxitos de clubes de su vida deportiva: el primer Scudetto de la entidad (86-87), una Coppa Italia (el mismo 86-87) y la Copa de la UEFA (88-89).

Pero por otro lado, Bianchi puede presumir de que fue quien más veces tuvo la ocasión de dirigir al genio: 161 partidos oficiales, todos con el Napoli. Los siguientes vienen lejos: son Carlos Bilardo, el único que ha dirigido a Diego en tres ámbitos diferentes (la Selección, Sevilla y Boca), con 73 encuentros de competición oficial; y Albertino Bigon, el otro ‘napolitano’ (62).

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Pequeño golpe, gran castigo

El delito.

La rodilla derecha del genio no marchaba bien al inicio de la temporada 85-86, su segunda en el Napoli (quién lo diría, al final de la misma). Se llegó a especular seriamente con que sería operado precisamente para facilitar su presencia en el Mundial. Lo más increíble, el motivo de la lesión en el menisco: la patada de un hincha venezolano, en la previa de un duelo internacional entre la Albiceleste y la Vinotinto…

En esas, otro domingo como hoy, el 24 de noviembre de 1985, se pasó por San Paolo el Udinese, que ya se había quedado sin Zico y estaba demasiado cerca de los puestos de descenso. El Napoli, en cambio, estaba en el vagón de arriba, aunque solo fuera la jornada 11 de las 30 que tenía la Serie A por entonces.

Al minuto 9, golazo maradoniano en un tiro libre desde el lateral del área grande, a unos cuatro metros de la línea de fondo. Con poco ángulo y mucho efecto, la clava por el ángulo más lejano. ¡Impresionante! Pero lo más noticioso sucede a 10 minutos del descanso.

Criscimanni, centrocampista visitante, entra feo a Maradona, apuntando directamente a la rodilla derecha: es un secreto a voces que es su punto débil. Lo del ‘Pelusa’ es humano: se levanta como un resorte, propina un leve cabezazo a su agresor –más amago que impacto- y este teatraliza la respuesta. ¡Roja directa a D10s! “Es la primera falta que hago en el año”, se queja Diego, despedido por los suyos con atronadora ovación, interpretable a la vez como crítica al árbitro Mattei. Para mayor escarnio, el Udinese empatará en el 79.

Se trata de la segunda y última expulsión maradoniana en su largo trasiego italiano (siete temporadas, 259 encuentros oficiales). Además, fue la única que acarreó suspensión. En la temporada anterior, 84-85, también vio la cartulina colorada contra el Ascoli, en otra acción exagerada por un adversario. Pero en aquella ocasión, la justicia deportiva le quitó rápidamente la sanción, tras revisar el vídeo; esta vez lo tenía más complicado.

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Sacudida histórica a la Juve (3-5)

Maradona y Careca, su mejor socio.

A la altura de aquella tierna temporada 88-89, la Juventus ya no parecía la fiera inabordable de costumbre. El Napoli de Maradona había ganado su primer título nacional en el curso 86-87, y le sucedió el Milan en el 87-88, en este segundo caso con la Vecchia Signora muy lejos. Sin embargo, seguía siendo la Juve, el gigante que duplicaba en Scudettos al siguiente equipo en la clasificación.

 Y si el Napoli-Juventus era el partido del año en San Paolo, el duelo entre ambos en Turín era ‘la visita del año’ para los meridionales. Porque además, miles de napolitanos acudían a las gradas del viejo estadio Comunale turinés, y más desde que estaba el superclase argentino. Muchos no venían desde el lejano sur, sino de la propia ciudad norteña: la ironía es que eran trabajadores de la Fiat, o sea de la empresa de los Agnelli, que a su vez eran también los propietarios de la Juve…

Nunca fue plaza fácil: cuando la gloria del 86-87, los celestes se impusieron allí por 1-3, primer triunfo en la capital del Piamonte en… ¡29 años! (el anterior aconteció en 1957, tres años antes del nacimiento del ‘10’…). Pero en la campaña 87-88, los bianconeri triunfaron por 3-1 y dejaron muy tocados a los partenopeos, que perdieron un buen porcentaje de posibilidades de revalidar título.

Nos plantamos así en la visita de la 88-89, cuando solo se cumplía la 6ª jornada de las 34 de la Serie A, en una algo lluviosa tarde de noviembre. Y el resultado, y el partido, fueron espectaculares: 3-5, un destrozo antológico a favor del Napoli y protagonizado por el brasileño Careca, autor de tres goles. Quizá fue el partido más recordado del delantero paulista con la casaca napolitana.

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Pero en general fue un encuentro vibrante, y hubo que luchar la victoria. El Napoli se puso 0-3 al descanso (gol de Carnevale y doblete de Careca), pero la fiera reaccionó y se colocó 2-3 en el 55 (Galia y Zavarov). Tres minutos después, Careca hizo el 2-4; De Agostini descontó en el 77 (3-4). Y el líbero Renica estableció el 3-5 de penalti, cerca ya del final.

¿Renica, lanzador desde los once metros? Sí, uno de los pocos partidos de Maradona donde el penalti lo tiraba otro, pero por una buena razón: cojo de las dos piernas, Diego fue sustituido en el 82, y se desgañitó animando a los compañeros desde el banco. Antes de eso, hizo un buen partido pero no de videoteca, administrando el balón y apoyando a los demás. Aun así, fue importante en ese 3-5 absolutamente imborrable.

¡Dentro vídeo!

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La Sampdoria remata al mejor Napoli

La Sampdoria triunfal. Foto: Il Fatto Quotidiano.

Después de la monumental crisis de Moscú, 11 días convulsos precedieron a este simbólico carpetazo al mejor Napoli de todos los tiempos. Era la temporada 90-91 y, además de dicha eliminación en la Copa de Europa, el ánimo de Maradona estaba cayendo en picado y a menudo no iba ni a entrenarse; Careca andaba lesionado; y el equipo, que defendía título, marchaba a media tabla en la Serie A.

En la 9ª jornada del campeonato visitaba San Paolo la fascinante Sampdoria de Vujadin Boskov, de la que se decía que jugaba “demasiado bonito como para ganar el Scudetto”. Los Vialli, Mancini, Toninho Cerezo, Vierchowod y demás llevaban varios años terminando entre los primeros de la mejor liga del mundo, y conquistando de propina títulos coperos nacionales y continentales. Pero, en el campionato, los genoveses tendían a decaer en las segundas vueltas.

No obstante, parecía que había llevado el momento. La ‘Samp’ había empezado la nueva temporada como nunca, e iba líder del campeonato. Pero la Serie A es una carrera de fondo, y había margen para que los celestes recuperaran los cinco puntos de desventaja (las victorias, recordemos, otorgaban dos por entonces). Sobre todo, si el Napoli ganaba aquel preciso domingo, 18 de noviembre de 1990. Careca y el ‘10’ volvían al equipo tras su ausencia del anterior encuentro liguero; ¡cualquier cosa podía suceder!

El resultado no lo dice todo, pero es histórico al máximo: 1-4 para los visitantes, que dan una lección majestuosa de contragolpe, con sendos dobletes de los ‘Gemelos del Gol’ Mancini-Vialli. El ‘Burro’ (apodo del Napoli) no juega tan mal como sugiere el marcador, pero la sacudida se toma como el final de una época.

Maradona empieza bien y va perdiendo energía, sucumbiendo a su propia falta de preparación. Es la derrota casera más rimbombante de su larga aventura europea (1982-91). La afición en general guarda silencio tras el pisoteo, solo los ultras se desquitan arrancando asientos y prendiéndoles fuego… Unos y otro saben que la bella fábula maradoniana en el Golfo de Nápoles moría ahí.

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Vuelo a Moscú sin ‘10’; se agota el ‘Grande Napoli’

El ‘Pibe de Oro’ jugó siete temporadas en Italia (84-85 a 90-91), en las que cambió la historia de su Napoli y de la Serie A misma, entonces la ‘liga de las estrellas’. Solo la última de esas siete le sobró, claramente.

Tras el Mundial ’90, Maradona había vuelto a regañadientes al precioso golfo napolitano: llevaba dos temporadas intentando que le traspasaran a un fútbol más sosegado, por ejemplo a Francia (Olympique de Marsella). Pero el club dirigido por Corrado Ferlaino se aferraba al contrato, que duraba hasta mediados de 1993.

En ese contexto, la depresión empezó a hacer verdadera mella en Diego Armando. Cada vez faltaba a más entrenamientos y hasta partidos sin explicación, cada vez se hablaba más en los medios de su mala vida nocturna, y de sus supuestos vínculos con la Camorra. El equipo se hundió en Liga, y solo un reto parecía motivar al Maradona 90-91: la Copa de Europa, que la que el Napoli participaba como vigente campeón italiano.

Los partenopeos habían superado la primera fase de la competición sin problemas ante el Ujpest Dozsa húngaro, con actuación estelar maradoniana, golazo de chilena inclusive. En octavos de final correspondió el Spartak de Moscú, y la ida en San Paolo terminó con un engañoso 0-0 (3-2 en tiros a la madera…).

Por tanto, el Napoli se jugaría su ser o no ser en el choque de vuelta, previsto para el miércoles, 7 de noviembre de 1990. El escenario, tan grandioso como gélido a estas alturas de año: el gigantesco Olímpico Lenin de la aún capital de la URSS, macroentidad a punto de disolverse. Pero la cornada con la que los sureños afrontaron el duelo cumbre sucedió antes, el lunes 5, hoy hace 29 años. El Napoli viajaba a destino con dos días de antelación, pero Maradona no acudió al aeropuerto.

Un ‘comité de crisis’, formado por el oscuro Luciano Moggi (director general del club) y varios amigos del ‘10’ en la plantilla, vuelve a la ciudad a tocar timbre de la mansión. Nada. Según algunas versiones periodísticas, seguía dormido tras una descomunal juerga. Moggi le dijo a la prensa que el representante de Maradona, Marcos Franchi, había respondido que el jugador no iba “porque no tenía ganas”.

Por tanto, el equipo voló sin él. Despierto y arrepentido, Maradona terminó viajando a Moscú en aerotaxi e incorporándose al equipo el martes 6. Se dio una vuelta por la Plaza Roja y pidió perdón. Como medida disciplinar ‘a medias’, el entrenador Albertino Bigon le dejó en el banquillo el miércoles 7, pero le dio entrada en el segundo tiempo de un choque que también acabó 0-0 e incluyó prórroga y penaltis. Diego marcó el suyo, pero pasaron los rusos.

Ya nada sería igual en Nápoles. Fuera de la Copa de Europa, peleado con una estrella en decadencia, ahí empezó a morir el ‘Grande Napoli’.

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El tiro libre que superó a la razón

¿Puede algún gol de la historia del fútbol competir con la cabalgada maradoniana ante los ingleses en México ’86? Quizá no, pero quizá sí. Aquí recordamos otro candidato muy distinto, y firmado por un tal… Maradona.

Hace 34 años (1985), un 3 de noviembre como hoy, aquel Napoli que contaba con el ‘Pibe de Oro’ por segundo curso se enfrentaba en San Paolo a la Juventus de Turín. Cada temporada, ese es el partido del año en el feudo partenopeo. La Juve es el rival más odiado en la capital del sur de Italia, a la par que tradicional ganador del Scudetto. Como muestra de por dónde volvían a ir los tiros, se cumplía la 9ª jornada de la Serie A 85-86, y la squadra bianconera había vencido sus ocho primeros compromisos…

El duelo se disputó en un estadio atestado y sobre un terreno de juego lamentable, convertido en marisma por las lluvias. No se podía aspirar a mucho más que brega y jugadores embarrados, hasta el minuto 72: Una obstrucción dentro del área juventina es castigada por el árbitro Redini con tiro libre indirecto y un poco escorado a la derecha, a poco más de 12 metros del arco.

La barrera, formada por seis turineses, está a unos cinco o seis metros de donde se coloca el balón (según la ley, deberían ser 9,15…). Junto al esférico, los napolitanos Pecci y Maradona; el primero, revelará el argentino, no quería dejarle chutar a puerta, ¡no había hueco ni distancia…!

El chut, en ‘La Domenica Sportiva’ (RAI) del día de autos.

Si no lo saben, ya se lo imaginan: música arbitral, dos blanquinegros se echan casi encima, toque corto de Pecci y caricia paranormal de la zurda mágica. El golpeo le imprime una rotación inexplicable a la pelota, que parece ir casi a cámara lenta: sube hasta superar la empalizada humana por poco, y cae con efecto (¿celestial o diabólico?) justo bajo el larguero del meta Tacconi. No es que vaya muy pegado a la escuadra, pero ni el portero ni nadie se lo esperaban: su estirada solo embellecerá la foto.

¡Pecci tenía razón, no había espacio para hacer aquello!, pero el ’10’ puso en entredicho los límites de la física. 1-0 para el Napoli, único tanto del partido, y primera victoria dieguil contra la Vecchia Signora (vendrían muchas más). Con ustedes, el más genial gol de falta de todos los tiempos.

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