Globo perfecto contra San Lorenzo de Almagro

Dos capturas del momentazo.

¿Quién no ha oído hablar del tan manido “devolvió el precio de la entrada”? Pues el ‘10’ siempre dejaba algo como para que el espectador sintiera eso. Pero a menudo no se conformaba con el comido por servido: le regalaba al hincha una generosa propina. Por ejemplo, en aquel Boca-San Lorenzo de Almagro que tuvo lugar en La Bombonera tal día como hoy, en 1981.

Faltaban tres jornadas para terminar la fase de grupos del Campeonato Nacional, uno de los dos torneos de la Primera División argentina por entonces (el Boca de Diego Armando había ganado el anterior, el Metropolitano ’81).

Los ‘xeneizes’ llevaban encarrilada la clasificación para cuartos de final, y Maradona venía de firmar un triplete solo una semana antes, con dos lindos goles de vaselina ante Instituto de Córdoba. Pero ante San Lorenzo protagonizó un globo más, mejor aún si cabe: uno de los más espectaculares de su vida. Recordemos que logró 12 en el conjunto de su carrera, por lo que concentró el 25% en solo ocho días…

Boca triunfó por 3-0, y el segundo tanto (minuto 56) vino de esta espectacular manera: el ‘Pibe de Oro’ recibe en el pico del área grande con el rival Veloso delante, le encara haciéndole recular, amaga y clava un impresionante globo cruzado hacia la escuadra opuesta, por encima de Veloso y del portero Cousillas. La hinchada ‘bostera’ se quemó las manos de aplaudir… ¡Disfruten ustedes también!:

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Cuatro goles para la eternidad

Cuatro fotogramas de otros tantos goles.

En el álbum dorado de Diego Armando Maradona, el 9 de noviembre es una fecha que centellea entre las que más. Tal día como este, allá por 1980, marcó cuatro goles por primera y última vez en su vida profesional. Y no se los hizo a cualquier equipito, sino a Boca Juniors, gigante del fútbol rioplatense al que se sumaría solo meses después. Y, lo rara vez visto: la todavía afición adversaria aclamó su proeza. ¿Cómo no iba a ir…?

Situémonos. Se disputaba la antepenúltima jornada del Campeonato Nacional ’80, y Argentinos Juniors tenía la suerte de contar aún con el superclase Dieguito, aunque cada vez estaba más claro que no había dinero para seguir reteniendo al figurón durante mucho más. Y el Bicho Colorado escogió el estadio de Vélez Sarsfield –mucho más grande que el suyo- para recibir al coloso auriazul. Un ‘grande’ en horas bajas, pero seguía siendo Boca.

Ambos equipos luchaban por clasificarse para cuartos de final del torneo, con más posibilidades para Argentinos. Por todo esto, la motivación de Maradona y compañía era máxima. Pero había algo más: el factor Gatti.

Hugo Gatti, el veterano, excéntrico y lenguaraz portero boquense, había cometido el error de cabrear al joven ‘Pibe de Oro’. Días antes, en un periódico de provincias, vino a decir que se exageraba con su talento, y que su físico le invitaba a pensar que en unos años sería un “gordito”… Sus palabras fueron repicadas en otro medio de la capital justo en la víspera del choque, y el morbo ya estaba servido. Porque las críticas siempre fueron combustible para el ‘10’…

Así que la venganza fue terrible. Argentinos se impuso por 5-3 en un partido loco, en el que adquirió más ventaja en la segunda parte. Y cuatro de los tantos, esas saetas al parlanchín, fueron obra del ’10’: un penalti, dos tiros de falta, un mano a mano. En resumen:

– El primero, a los 23 minutos (1-1): centra Diego, ¡de rabona!, y la bola pega en la mano de un adversario. Penalti, porque es dentro del área: él mismo transforma la pena máxima con enorme clase y suavidad, engañando totalmente a Gatti.

– El segundo, a los 42 (3-2): una de las grandes genialidades de toda la trayectoria maradoniana. Al crack hacen falta cerca del lateral derecho del área grande, y aprovecha el despiste general para levantarse rápido y chutar desde ahí, con no mucho ángulo. El balón vuela sobre cabezas amigas y adversarias, pega en el palo largo y entra.

– El tercero, a los 48 (4-2): Pasculli le envía por alto un pase perfecto y baja el balón con el pecho, desmarcado en la corona del área. Aprovechando el bote, solo ante Gatti, se la toca con el exterior de la zurda hacia el palo más lejano.

– El cuarto, a los 75 (5-2): brillante pared del ‘10’ con Espíndola, y el fenómeno es cazado por un zaguero en ese complicado límite entre dentro y fuera del área. El árbitro dice que fuera, pero da igual: el ‘Pibe de Oro’ clava la falta por la escuadra…

Al final del choque, los derrotados seguidores de Boca incluso se adelantan a la hinchada de Argentinos en el famoso coro: “Maradoooooo…”. Y el chaval se conmueve: “Me dieron ganas de llorar”.

Epílogo: con este resultado, Argentinos Juniors se clasificó para cuartos, pero allí fue rápidamente eliminado. Era lo lógico: en el cruce no pudo estar su Maradona, concentrado con la Selección.

De hecho, después de su clamoroso póker, Diego solo pudo disputar otros dos encuentros oficiales -y un puñado de amistosos- vestido de colorado. Tras agotadoras negociaciones y mucha plata de por medio, meses después pasó a otra dimensión. El 20 de febrero de 1981 jugó un simbólico amistoso en La Bombonera, nada menos que Boca-Argentinos: el primer tiempo con la camiseta del equipo donde nació y creció, el segundo con la de su inminente amor eterno.

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Único doblete de vaselina

Consideremos ‘gol de vaselina’ al arte de levantar la pelota suavemente por encima de la altura del arquero (o cualquier otro rival que esté en pie ante el tirador) para que el esférico caiga después dentro de la portería. Es el suspense hecho fútbol, un lanzamiento dilatado en el tiempo que provoca que todos los hinchas del estadio (y/o miles o millones de telespectadores) contengan el aliento durante un par de eternos segundos, hasta comprobar la resolución.

El gesto técnico preciso para ejecutar un ‘globo’ goleador de este tipo no está al alcance de todos, y ya sabemos de uno que sí lo incluía en el repertorio. Maradona marcó 12 tantos de este tipo en partidos oficiales, algunos incluidos entre los más perfectos jamás vistos. Curiosamente, cinco de estos goles los concentró en 1981, durante su primera época en Boca. Y solo una vez en su vida marcó dos en el mismo partido.

Sucedió otro 8 de noviembre, el de hace 38 años. Boca Juniors, ya campeón del primer torneo argentino (Metropolitano ’81), disputaba ahora el Campeonato Nacional, que tenía un formato más copero aunque arrancaba con una fase de grupos: parecido a la Champions League actual. Los capitalinos colideraban su liguilla junto a su adversario de esta jornada, Instituto de Córdoba, la segunda ciudad argentina en población. Boca visitaba su estadio Olímpico tal día como hoy en 1981.

Diego Armando estuvo inspirado, y se apuntó un esplendoroso hat trick para el triunfo auriazul por 1-4. El último tanto fue de penalti, pero los dos primeros, en los minutos 14 y 19 de juego, establecieron el 0-2 con sendas y preciosas vaselinas desde la frontal del área. Ambas llegaron en sendas jugadas mano a mano contra el meta Carlos Munutti, ex compañero del ‘10’ en Argentinos Juniors y vendido por su zaga en los dos casos.

Estos goles, sin embargo, tuvieron distinta ejecución. El primer disparo es tras bote, lo que facilita este tipo de lanzamiento: Maradona baja con el pecho el pase largo de Benítez, deja que el césped le devuelva la pelota y toca en altísimo globo ante la media salida del portero. El segundo es más difícil, con el balón a ras de tierra: recibe un pase largo de su guardameta en casi idéntica posición y eleva la bola con la izquierda, tan fácil como si usara la mano.

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‘Maestro Inspirador de Soñadores’ en Oxford

Foto: Descubrir UK.

La vida no había llevado a Maradona por el camino de la universidad, pero su maestría sobre el pasto le abrió una magna e inesperada puerta, que no quiso desaprovechar.

Allá por el 6 de noviembre de 1995, hace 24 años, el ‘10’ lucía franja dorada en el pelo, a juego con la que adorna la camiseta de Boca Juniors en el pecho. Había vuelto al club de sus amores 13 años después, y su escuadra iba líder del Torneo Apertura con un partido menos que sus competidores. El día anterior, domingo 5, los ‘xeneizes’ habían batido en La Bombonera a Vélez, otro de los favoritos (1-0).

Y, a pesar del cansancio y lo apretado del calendario (Boca volvía a jugar el jueves 9, precisamente el encuentro aplazado), tras el duelo contra la ‘V’ de Liniers Diego Armando cruzó el charco hacia Inglaterra, tierra teóricamente hostil. Ya el lunes 6, se presentó por todo lo alto en la totémica Universidad de Oxford, donde compareció ante una nutrida y entregada afición formada por estudiantes, docentes y demás.

Allí, de forma simbólica, se le vistió con toga y birrete, y recibió el título honorífico de ‘Maestro Inspirador de Soñadores’. También dejó a todos boquiabiertos dando toques a una pelota de golf con los brillantes zapatos. Y se mostró risueño y desenfadado ante los hijos de quienes habrían querido asesinarlo en México ’86. No eludió ni hablar de la ‘Mano de Dios’…

¿Cómo sucedió este cruce entre dos mundos? La iniciativa fue del argentino Esteban Cichello Hubner, estudiante en Oxford y presidente de una agrupación de alumnos que organizaba actividades extraacadémicas. Pero un par de décadas antes, cuando Dieguito empezaba en Argentinos Juniors, había sido botones en un hotel de Buenos Aires donde se concentraba el equipo. Se ganó la simpatía de Maradona, y logró ese aparente imposible de que ‘D10s’ dijera que sí. Seguro que la ilusión fue enorme en todos los implicados.

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Para abrir boca en La Bombonera

Si no has estado allí, te invito a comprobarlo: La Bombonera impone hasta vacía. Una caja apretada y vertical que al equipo visitante no le puede inspirarle nada parecido a su dulce nombre. Cuando hay partido, acongoja hasta desde fuera: cualquier chut ligeramente desviado se traduce en un suspiro colectivo enorme, eléctrico, magnífico. Y no digamos un gol.

En porcentaje, son muy pocos los mortales que han jugado allí. Maradona lo hizo en 40 ocasiones (contando solo encuentros de competición oficial). En las seis primeras aún no era jugador de Boca, sino de Argentinos Juniors. Aunque solo cinco veces fue visitante: en otro de esos encuentros, el Bicho Colorado del barrio de La Paternal usó el templo auriazul como ‘casa’.

Siempre hay una primera vez. Y, si bien Diego Armando ya había pisado el verde del coloso de La Ribera con la Albiceleste, (en un par de amistosos), su verdadera puesta en escena inaugural en el estadio fue otro 2 de noviembre como hoy, el de 1977. Ese de hace 42 años fue un encuentro de Primera División y, por encima de todo, enfrente estaban Boca y su impresionante afición, los dueños.

Digamos que al mozalbete de Argentinos Juniors no se le dio mal: victoria colorada por 1-2 y ambos goles suyos, uno en jugada personal y otro de tiro libre. El pibe acababa de cumplir 17 años, y empezaba a sembrar entre la hinchada de Boca la pasión enfermiza con la que esta le idolatrarían a partir de 1981.

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Penalti y se acabó

Imagínense la presión, incluso para el mejor del planeta. Un 1 de noviembre como hoy, en 1981, el Monumental del Río de la Plata estaba a reventar para el inigualable y enésimo superclásico River-Boca, por el Campeonato Nacional argentino. Las piernas ya pesan mucho: pasan unos segundos sobre el minuto 90 de un partido disputado en un día porteño de calor y humedad. Pese a que Diego Armando ha marcado de falta, River va 2-1 arriba, y el reloj agoniza.

Entonces, al árbitro Nitti no se deja amedrentar por el volcán y señala  penalti a favor del visitante, cometido por el retornado Kempes sobre Brindisi. Lo clásico: unos casi celebran, otros protestan. Un muchacho de 21 años, de apellido Maradona –el lanzador de Boca, claro-, tiene tiempo de rumiar la trascendencia de su próximo tiro durante casi dos minutos que se hacen eternos, mientras el colegiado echa a todos del área.

Y además, Nitti hace algo no tan común. Primero habla con el portero Fillol, después con el ‘Pibe de Oro’ y, antes de pitar para que el ‘10’ lance, mira al resto y ejecuta un gesto de mímica inequívoca: en cuanto dispare, se acabó el encuentro. Ni un segundo más.

Maradona tiene delante al ‘1’ de la Selección campeona del mundo, uno de los parapenaltis por antonomasia del fútbol argentino, y sabe que caer derrotado o no en tierra hostil depende de su bota izquierda. Pero esa rara vez falla: engaña al arquero y le pega más fuerte de lo normal en él, estableciendo el 2-2 sobre la bocina.

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