El principio del fin del Maradona azulgrana

Junto al capitán del United, Bryan Robson, y Vautrot, árbitro del choque. Fuente: MotherSoccer.

El público del Camp Nou no fue justo con su capitán. Hoy hace 36 años, aquella noche del miércoles, 7 de marzo de 1984, el Barça recibía nada menos que al Manchester United, en la ida de cuartos de final de la Recopa de Europa. Quizá era el duelo estelar de toda la competición, y Maradona no quiso perdérselo pese a estar… muy mal.

Semana y media antes, Diego terminó lesionado el decepcionante clásico contra el Real Madrid (derrota por 2-1 en el Bernabéu). Los Servicios Médicos culés dictaron rotura de fibras en el bíceps femoral de la diestra, y 15 a 20 días de baja. Pero el ‘10’ recurrió a su hombre-milagro particular, su compatriota el doctor Rubén Oliva, el mismo que le ayudó a dinamitar plazos cuando la lesión de Goikoetxea. Para él, era un problema del nervio ciático (!).

El caso es que, tratado por Oliva, el ‘Pibe de Oro’ volvió a acortar tiempos y forzó para saltar al césped en el partidazo contra uno de los ‘grandes’ de Inglaterra. Pero lo hace dura y repetidamente infiltrado para superar sus fuertes dolores. Se habló de que recibió ¡nueve inyecciones en la víspera…!

El Barcelona se impuso por 2-0, más de lo merecido, en un encuentro que decepciona en su conjunto. El 1-0 fue de un inglés en propia puerta, y el 2-0 un chupinazo del canterano rojo desde 30 metros en el minuto 90. Buen resultado para la vuelta en Old Trafford, pero la noticia es que Maradona, que no brilla, ¡es pitado por parte de la afición blaugrana! Era la primera vez que le pasaba en el Barça.

Sufriendo en aquel choque.
Foto: es-la-guerra.blogspot.com.

El ‘10’ terminó sustituido en el minuto 71. Quizá no tenía que haber jugado, porque no estaba en condiciones. Pero no sentía reconocido su esfuerzo, y en este partido empezaría a escribirse su adiós al gigante catalán. Meses más tarde, al borde del traspaso al Napoli, su representante Jorge Cyterszpiler confirmaría que aquello “fue un duro golpe moral” para Maradona, “porque se dio cuenta de que nadie había apreciado su sacrificio”.

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El hombre que anuló a Diego… sin palos

Diego y el marcador rojillo.

Era pronto, era demasiado pronto. Aquel 15 de enero de 1984 en Pamplona, nuestro Maradona solo cumplía el segundo partido tras superar la peor lesión de su carrera, la célebre fractura del maléolo producida por Goikoetxea. Había acortado los plazos de forma encomiable para retornar, pero lógicamente le faltaba ritmo.

El Barça de Menotti intentaba recobrar el pulso de la mano de la recuperación de su crack. No estaba tan lejos del líder, precisamente el Athletic de Goiko, solo tres puntos por delante en la era en que las victorias daban dos. Se acababa de inaugurar la segunda parte del campeonato, quedaba media Liga, pero era importante que Diego Armando jugara ya.

Sin embargo, aquella fría tarde de domingo supuso un paso atrás. Los culés visitaban a Osasuna, modesto que sin embargo les había batido en sus anteriores tres duelos en su campo de El Sadar. El Barça volvió a caer allí con estrépito (4-2, 3-0 en el minuto 20). Y, a pesar de que marcó los dos goles blaugranas (ambos de penalti), el astro argentino no brilló lo más mínimo. Sufrió un marcaje histórico por parte del anónimo Javier Castañeda. Salvo para disparar desde los once metros, Diego apenas tocó su querido balón.

Los dos protagonistas. Foto: es.slideshare.net

El central madrileño Castañeda, canterano merengue, llevaba en Osasuna desde 1980, y gobernaría la defensa rojilla hasta 1991, estableciéndose por entonces como osasunista con más partidos en Primera (348). Pero aquella fue su gran tarde de gloria individual, además con una deportividad exquisita.

Castañeda no cometió ninguna salvajada como Goikoetxea. Tampoco aplicó sobre el ‘10’ una sucesión impune de faltas, como cuando el marcaje de Gentile en España ’82. Ni le persiguió por los cuatro puntos cardinales, como el peruano Reyna haría en 1985. Simplemente, le ganó todos los duelos al crack, y sin violencia alguna.

Aunque partía en desventaja (le faltaba mucho entrenamiento tras la dolencia), Maradona lo destacaría siempre como uno de los mejores y más nobles marcajes que jamás sufrió. Al final del encuentro, aplaudió al rojillo: “Me ha ganado limpiamente la partida”.

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Tobillo sano en 102 días

Maradona en su primer entreno con Menotti en el Camp Nou.

La noche del 24 de septiembre de 1983 fue aciaga para Maradona y para el Barça, el club que por entonces le pagaba. En el minuto 57 del duelo contra el Athletic de Bilbao, Goikoetxea realizó la famosa y salvaje entrada que le pudo costar la carrera al ‘10’. El divino tobillo izquierdo quedó hecho trizas tras una de las patadas más famosas de la historia: fractura del maléolo con arrancamiento de ligamentos y luxación.

Esa misma madrugada, el doctor culé González Adrio operó de urgencia y con éxito al crack. Y, más allá de la mediática indignación por el daño sufrido, empezó la tradicional carrera especulativa: ¿cuánto tiempo estaría de baja el fenómeno?, se calculó que tardaría hasta cinco meses. Y más importante aún: ¿su pierna mágica sería la misma a la vuelta?

El resultado, por suerte para todos –incluso Goikoetxea-, fue positivo en ambos casos. Diego Armando estrujó los plazos y retornó a los entrenamientos 102 días más tarde del hachazo, es decir, menos de tres meses y medio después de la agresión.

Fue tal día como hoy, el 4 de enero de 1984, en una práctica realizada en el mismo estadio barcelonista donde el héroe cayó. Ese día le esperaba ya el nuevo entrenador culé, su viejo amigo César Luis Menotti, sustituto del recién fulminado Udo Lattek. El 8 de enero ya jugaría su primer partido. Y, como veríamos a menudo más adelante, el pincel izquierdo no había perdido arte (solo un ejemplo: México ’86).

Hasta ese momento, el trayecto no careció de polémica. Diego hizo caso a su médico de confianza, el ex galeno de la Selección Rubén Oliva, partidario de que volviera a pisar con la extremidad herida cuanto antes. En cambio, los Servicios Médicos del Barça exigían muchísimo más tiempo de inmovilización. Ganó el argentino, y de hecho el ‘Pibe de Oro’ cumplió casi la mitad de su recuperación en su país, con los suyos, a su aire. Salió bien.

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Primer mano a mano con la bestia ‘bianconera’

Maradona&Platini. Foto: superdeportivo.elonce.com

Aún en 1984, desde el nacimiento de la Serie A italiana (1929-30), la Juventus de Turín sumaba casi el doble de Scudettos (19) que su más inmediato perseguidor, el Inter (10). Ya por entonces era el rival a batir en la ‘Bota’, y era particularmente detestada en aquel Nápoles que acababa de fichar al mejor del mundo, precisamente con vistas a derrocarla.

Todavía era pronto. Aquel 23 de diciembre de 1984, hoy hace 35 años, el Napoli aún estaba comprendiendo que con el genio no bastaba: sufría para alejarse del pozo (12º de una tabla de 16 equipos, un punto por encima del descenso). Y la Juventus, vigente campeona de la liga, marchaba descolgada del líder, el Verona, pero tenía su mirada puesta en conquistar por fin la Copa de Europa.

Era en cualquier caso un bonito duelo de vísperas de Nochebuena para cerrar el año futbolístico 1984, cerca del final de la primera vuelta. El gran atractivo era el duelo entre los dos ‘10’ del mundo: nuestro Diego y el galo Platini, a punto de recibir su segundo Balón de Oro seguido. Pero el argentino no tuvo ni oportunidad: el esférico viajó de juventino a juventino, prácticamente no pudo hacer nada y su equipo cayó justamente por 2-0.

Pero no siempre sería así, ni mucho menos. Era solo la primera de las 15 veces que Maradona se mediría a la Juventus en partido oficial, con cinco goles del ‘Pibe de Fiorito’, incluido el mejor tiro libre nunca visto. Y colectivamente, le iría muy bien: ocho triunfos para el Napoli, tres empates y cuatro derrotas.

Las victorias incluyen vapuleos memorables, un par de elloss en el mismísimo feudo turinés (1-3 en la 86-87 del primer Scudetto, 3-5 en la 88-89); o la del último título italiano, el 5-1 de la Supercoppa 90-91 en San Paolo. Pero, sobre todo, Maradona significó la diferencia para que el conjunto sureño creyera que era verdad, que el monstruo podía ser decapitado. Ahí están para siempre los Scudettos partenopeos 86-87 y 89-90.

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